(11-mar-2016) Pensar que en el Domingo de Ramos llegamos a Jerusalén para acompañar a Jesús en su pasión, muerte y resurrección.

Nuestro gozo broto de sabernos llamados por Cristo. En efecto, Él nos llama a caminar hacia Jerusalén y nos invita para que lo acompañemos. Pensar que en Jerusalén sucede lo más importante de la historia: Jesús entrega su vida por nosotros, para que tengamos vida nueva. Acompañarlo ¡es un gran privilegio!

Por eso para nosotros lo más importante de la Semana Santa está en participar de las celebraciones litúrgicas en nuestra capilla o templo parroquial. Y todo esto en comunidad, porque Jesús quiere estar rodeado de todos, no me quiere solo a mí, su deseo es vernos a todos.

Retirar el programa de la Semana Santa de nuestro templo es una forma de organizar nuestro tiempo para que podamos cumplir con el objetivo de participar, de acompañar a Jesús.

El apostolado más importante, que inspira en nosotros el Espíritu Santo, es invitar a otros, y contagiarles el deseo de que ellos también participen de los misterios de nuestra fe.

¡Qué gozo interior el poder estar al lado de la Misericordia y caminar con ella! ¡Jesús es la Misericordia, que está a nuestro alcance! ¡Qué lindo participar con mis hermanos de la comunidad de las celebraciones que renuevan el amor y la entrega de Cristo en la Cruz! ¡Qué bueno estar cerca de María, de Juan, hasta del buen ladrón! Porque en ese ámbito sucede y está lo que más anhela nuestro corazón: amor, amor de misericordia, amor que da nueva vida, amor misericordioso que nos llena de gozo y alegría.

Vayamos con nuestras palmas a Jerusalén, y entremos con Cristo. Estemos a su lado, participando de cada celebración. María, Madre de Misericordia, camina con nosotros, y nos ayuda a celebrar y renovar el misterio pascual.