Homilía en fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José

Corrientes, 30 de diciembre de 2016

Como una verdadera familia, que cultiva vínculos de amistad entre sus miembros y se encuentra a gusto alrededor de la mesa, así también nosotros hoy nos reunimos en torno a la mesa del Altar, para alegrarnos con toda la Iglesia por la conmemoración de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Por otra parte, ya se ha hecho tradición que, en la fiesta de la Sagrada Familia, hagamos el envío de los grupos misioneros, dispuestos a partir para celebrar la alegría de la fe, y compartirla con las diversas comunidades de nuestra geografía diocesana.

La familia y los grupos misioneros se tocan en dos puntos esenciales: la comunión y la misión. Un grupo misionero que no tuviera una experiencia de comunión, de unidad y de pertenencia, no podría ir a ninguna parte. Lo mismo debemos decir de la familia: una pareja humana, constituida por un varón y una mujer, que se unen por un vínculo de amor, son el uno para el otro y ambos orientados hacia una misión. Cuando estas dos direcciones fundamentales: uno para el otro y juntos para la misión, no corre pareja, inevitablemente la vida común poco a poco se va derrumbando. Lo mismo sucede con un grupo misionero: es necesario cultivar la comunión, para que esa comunión madure en el fervor de la misión. La señal más clara de una comunión es auténtica es precisamente que esté abierta a la misión.

Esta dinámica de “comunión para la misión” sucede al interior de Dios. Dios es amor, es unidad, es comunión, pero no cerrada sobre sí misma, sino abierta y fecunda en la misión. Así lo recibimos revelado por Jesús, el Verbo hecho carne, quien, junto con el Padre, nos ha enviado su Espíritu, haciéndonos participar de su vida, que es amor y misión. ¡De qué otra manera podía Él mostrarnos su vida interior de comunión y misión, sino mediante la familia! En la bellísima carta del papa Francisco sobre la familia leemos que: “La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva con su peso de violencia, pero también con la fuerza de la vida que continúa (cf. Gn 4), hasta la última página donde aparecen las bodas de la Esposa y del Cordero (cf. Ap 21,2.9)” (Al, 8).

El gran desafío, al que se enfrenta hoy el matrimonio y la familia, está en la calidad de los vínculos que establecen sus miembros. La madurez de una persona se mide por su capacidad de relación, de confianza y de paciencia. De ello depende, en gran medida, el éxito o el fracaso de una pareja. La crisis aparece cuando esa capacidad de confiar y trascender empieza a deteriorarse. Es una crisis de fe y de confianza y, en consecuencia, una crisis de valores, de un estilo de vida. No nos cansemos de pedirle a la Virgen de Itatí que nos dé “un corazón puro, humilde y prudente, paciencia en la vida y fortaleza en las tentaciones”. Se trata nada menos que de las virtudes indispensables para la convivencia entre personas, y para llevar adelante un proyecto misionero: pureza, humildad y prudencia; paciencia y fortaleza.

La pureza, tan desprestigiada hoy, es sustancial para fortalecer los vínculos entre las personas. La mirada impura pone al descubierto un corazón ahogado de intereses egoístas, que sale de sí solo en busca de sus propias satisfacciones. Sin una mirada pura y un corazón humilde y prudente; sin la virtud de la paciencia y la fortaleza, es imposible establecer vínculos duraderos entre las personas: sea en la pareja, en la familia, o en la convivencia social. Sin esas virtudes, tampoco es posible reconocer el valor de la vida humana y cuidarla desde la concepción hasta su muerte natural. La ausencia de esas virtudes obnubila la mirada y endurece el corazón, lo cual impide ver a Dios y poder confiar en él. El hombre se torna más pequeño, no más grande, cuando abandona su mirada dirigida a Dios. Por eso, fue muy oportuno el lema para esta jornada: “Familia, comparte tu fe y celebra la vida”.

En la carta del Papa sobre el amor en la familia leemos: “El debilitamiento de la fe y de la práctica religiosa en algunas sociedades afecta a las familias y las deja más solas con sus dificultades (…) Una de las mayores pobrezas de la cultura actual es la soledad, fruto de la ausencia de Dios en la vida de las personas y de la fragilidad de las relaciones” (Al, 43). Podemos añadir que esa ausencia y fragilidad se percibe en el fenómeno de la adicción, no sólo a las sustancias como pueden ser las drogas y el alcohol; sino también al juego, a los aparatos de comunicación, a la pornografía, a la violencia en sus diversas formas, incluidos el bullying y el sexting; a la ambición, que lleva a la acumulación desmedida de dinero y de bienes materiales; son todas señales de un grave deterioro humano y social, producto de la tristeza y la soledad, en la que se sumerge el individuo, cuando pierde el horizonte trascendente de su vida, y pretende asegurarla, vanamente, con las cosas, a las que acaba sometido.

Son muchas las familias que padecen y necesitan una palabra de gran consuelo. La experiencia de la misericordia, que hemos vivido en el Año jubilar, nos debe llevar a ser misioneros de esa misericordia con las parejas y las familias. A ellas estamos llamados a acercarles el amor de Dios, que no se cansa de acoger y acompañar. “Es el momento –dice al Papa– de dejar paso a la fantasía de la misericordia para dar vida a tantas iniciativas nuevas, fruto de la gracia. (…) Estamos llamados a hacer que crezca una cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos” (Mm, 18.20).

Las sabias recomendaciones, que escuchamos hoy en la segunda lectura, se aplican perfectamente a los vínculos matrimoniales y de familia, “Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado, hagan ustedes los mismo. Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3,12-14).

Aprendamos de José, el fiel Custodio de María y del Niño, quien en medio innumerables contratiempos y dificultades, se hizo cargo de ellos, los cuidó con amor y los protegió de los peligros. ¿Cuál fue el secreto de ese hombre bueno, fiel y justo? Lo hemos escuchado hoy en el Evangelio: escuchó y obedeció, es decir, escuchó y se puso en camino; escuchó y no se amedrentó, sino que respondió inmediatamente. Su actitud nos enseña que, para escuchar y obedecer, es necesario tener una mirada pura y un corazón humilde. José, por su mirada limpia y un corazón humilde, tuvo la paciencia y la fortaleza para hacerse cargo de María y del Niño.

También nosotros estamos llamados a renovar los vínculos con nuestros semejantes. Al concluir el Año de la Misericordia, nos propusimos “seguir siendo misericordiosos”. Para ello, hemos asumido tres compromisos que se refieren al matrimonio y la familia. Los recordamos ahora: no renunciar jamás al diálogo en la pareja, sobre todo en los períodos de crisis; desterrar toda violencia verbal y física entre los miembros de la familia, especialmente mediante el ejemplo de los padres; preocuparse responsablemente de transmitir los valores cristianos a los hijos, rezar con ellos, dedicarles tiempo para escucharlos y estar con ellos, y dándoles testimonio de la alegría del amor. Sabemos que no es una tarea fácil, pero recordemos que no estamos solos, que el Espíritu Santo realiza maravillas en los corazones que se disponen a escuchar y están dispuestos a dejarse transformar por su poder. No nos quepa ninguna duda, Dios cumplirá la promesa de felicidad que nos asegura el salmista: “Felices los que temen al Señor y siguen sus caminos” (Sal 127,1).

Ante la Cruz de los Milagros, y amparados por la tierna Madre de Itatí, las familias y los grupos misioneros que hoy estamos aquí, renovamos el compromiso de afianzar, ante todo, nuestros vínculos con Jesús, para que sea Él la fuente en la que se inspiran y modelan nuestros sentimientos, pensamientos y acciones. Para que, en esa luz, veamos el rostro de Jesús en los más cercanos: en el esposo, la esposa, los hijos, los abuelos y parientes, en los vecinos y compañeros de trabajo, de estudio y de tiempo libre. El misionero, la misionera, necesitan cultivar la gracia de esa mirada de Jesús, para encontrarse con las personas y comunidades, que el Señor va a poner en su camino misionero. Con todos queremos ser humildes y alegres misioneros de la misericordia.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap.

Arzobispo de Corrientes