En este artículo nos miramos como Pueblo de Dios que se encamina hacia la Pascua.

Poder caminar es una gracia que todos agradecemos. Y es cuando no podemos caminar, ya sea por enfermedad o por cualquier otro impedimento, cuanto más lo añoramos. Levantarnos todos los días, hinchar nuestros pulmones del oxígeno de la mañana, y luego poder caminar, son posibilidades providenciales que valoramos y apreciamos.

Así es la cuaresma: es un camino que comienza el “Miércoles de ceniza” y concluye el Jueves Santo por la tarde. Son cuarenta y dos días y unas horas más que tenemos para realizar ese camino.

Claro, la cuaresma es un camino interior que todos los miembros del Pueblo de Dios estamos invitados a realizar. El camino interior se realiza saliendo al encuentro de Cristo que viene a nosotros. La meta del camino cuaresmal es llegar más cerca de Jesús. Y eso -estar más cerca del Señor- lo necesitamos todos, como parte del Pueblo de Dios.

Un mayor acercamiento a Jesús se da por la conversión del corazón y el cambio de conducta. Por eso durante la cuaresma la palabra “conversión” resuena como exhortación y como súplica. El ayuno, la oración y la limosna fueron y son medios para profundizar en la conversión, para un mayor acercamiento a Jesús, al Jesús de la Divina Misericordia.

El camino interior es posible con la oración de todos los días, con la lectura orante de la nuestra Biblia, especialmente de los textos que la Iglesia nos propone para cada día. Todos los días lo hacemos, pero el Pueblo de Dios durante la cuaresma muestra de manera especial que vive de toda palabra que sale de la boca de Dios. La conversión es posible con buena voluntad, y más que nada con la gracia de Cristo y la presencia y la acción del Espíritu Santo en medio de su Pueblo.

Volviendo al principio: mirémonos como Pueblo de Dios en marcha. ¡La vida es como un largo caminar! Pero que nuestro camino no sea hacia la oscuridad y la muerte sino hacia la luz y la vida. Hagamos esta mirada con quien es la Madre de la Luz, con la Virgen María: ella camina con nosotros, nos acompaña y anima para que nadie quede rezagado ni se desanime. La meta es Jesús, el Jesús de la Cruz, el Jesús de la Pascua.

Al dar el primer paso de la cuaresma nuestro corazón sabe que la meta es la Pascua. En efecto, pasión, muerte, resurrección, ascensión al cielo, y la venida del Espíritu -todos elementos de la Pascua- dan el verdadero sentido a la práctica penitencial, a la abstinencia y al ayuno.

María Santísima, te damos gracias por ser la madre del Redentor; y te pedimos la gracia de realizar el camino interior y espiritual del tiempo cuaresmal. Bendícenos, para que lleguemos a la meta con un corazón renovado y más misericordioso.