El 6 de enero celebramos la Epifanía del Señor, más conocida como la Fiesta de Reyes. En la liturgia cristiana encierra un llamado a la evangelización.

En la Biblia el acontecimiento aparece en san Mateo. Vayamos a los puntos principales:

¿De qué se trata?  ¡De una visita! ¿De quién? De “unos magos de oriente”, de un grupo de sacerdotes, y a la vez científicos; de religión pagana, ya que no formaban parte ni de la fe ni del culto de Israel. La Biblia no transmite ni su número ni sus nombres. La tradición dice que son tres, y que sus nombres son: Melchor, Gaspar, y Baltasar.

¿Cómo llegaron a Jerusalén? Nos responden: “Porque vimos su estrella en Oriente”. Eso sí, no sabemos exactamente de qué se trató (la estrella). Lo que aparece como obvio es que fueron invitados y guiados.

¿Cuál es el motivo de la visita? Ellos mismos nos responden: “Hemos venido a adorarlo (al rey de los judíos que acaba de nacer)”. Y san Mateo dice que “al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra”.

¿Qué experimentan los magos orientales? Nos lo cuenta san Mateo: “Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría”. ¡Se llenaron de alegría! Se llenaron de alegría por el encuentro con el Salvador. Y ya sabemos que la verdadera, profunda y estable alegría es consecuencia de la íntima comunión de vida y amor con Jesús.

¿Qué celebra la Iglesia con esta fiesta? La palabra clave es “epifanía”, que significa manifestación. “Epifanía del Señor” se llama esta fiesta en la Liturgia cristiana. La Iglesia celebra, por tanto, la manifestación del Niño Dios como rey de las naciones, como salvador de todos los pueblos, como luz de todos los que caminan en las tinieblas.

Para la Iglesia los magos orientales representan a todos los pueblos invitados a recibir a Jesús, el evangelio de Dios Padre; a todos los hombres que reciben la estrella, la inspiración, el llamado, y se postran con toda la existencia ante el Pastor.

Finalmente la Iglesia saca del acontecimiento la exigencia siempre actual de la evangelización. Cada cristiano está llamado a ser una estrella, con su vida y ejemplo, para que otros conozcan al rey de los judíos y lo sigan. Evangelizar es una misión y vocación, que brota del bautismo; y no es tarea de unos pocos sino de todos los cristianos.

Conclusión: se trata de una fiesta cristiana, y no pagana (como afirman muchos, incluso católicos). El centro de la fiesta es el Niño Dios, a quien adoramos y entregamos toda nuestra vida. Los magos orientales, con su visita y gesto, nos invitan a encaminar nuestra vida hacia el encuentro con el Salvador, con Jesús el Señor.


Versículos que nos cuentan el acontecimiento

(Mt 2, 1-4) Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo».

La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría, y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra.