Con el Domingo de Resurrección comienza el tiempo pascual; tiempo que concluye el Día de Pentecostés.

Junto al altar encontramos el cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, el vencedor del pecado y de la muerte. El cirio nos trae a la memoria las palabras de Jesús: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida (Jn 8, 12).

La Pascua es mucho más que el Domingo de Resurrección: son cincuenta días para celebrar ¡¡con alegría y gozo!! nuestra propia resurrección en Cristo: Considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6, 11). ¡Estamos alegres y gozosos porque en nosotros Dios derrama Vida Nueva!

Vivamos ¡¡con alegría y gozo!! este tiempo porque Cristo resucitado desaloja las tinieblas de nuestro ser y nos lava del pecado con su propia sangre. ¡Alegres y gozosos agradecemos a Jesús, el Cordero de Dios, por la gracia del bautismo!

Por la Vida Nueva que nos ofrece la fuerza de la Pascua contamos con la ayuda que necesitamos para vivir una nueva y renovada fraternidad: En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros (Jn 13, 35).

Vivir intensamente el tiempo pascual nos ayuda a re-encontrarnos con la misericordia del Corazón de Cristo. Él carga con nuestros pecados, y resucitando nos llama seguir sus pasos, en la oración y reflexión de su Evangelio. De ese modo nos predisponemos a recibir en mayor abundancia su misericordia.

En la noche de la Última Cena el Señor Jesús instituye la eucaristía, y dice: Hagan esto en memoria mía (Lc 22, 19). Ofrezcamos entonces al Padre Misericordioso el sacrificio pascual de Jesucristo, y con gozo y alegría vayamos al trono de la gracia, a Jesús resucitado.

María Santísima, Madre del autor de la Pascua, camine con nosotros este tiempo.

¡Feliz y bendecido Tiempo Pascual!