San Pablo nos exhorta: Déjense reconciliar con Dios (2 Cor 5, 20)

Mientras esperamos para la Confesión

Evitemos la conversación cuando estamos esperando para confesarnos. El silencio es necesario para examinar las actitudes, en diálogo íntimo con el Señor. Si junto a nosotros hay otros que también desean confesarse, respetemos su silencio.

Introducción

¿Qué buscamos en la Confesión?

Buscamos el perdón de nuestros pecados, y la gracia de la reconciliación que nos regala el Espíritu Santo. Cristo es quien nos reconcilia con Dios Padre y con nuestros hermanos por medio de la absolución que -en nombre de la Iglesia- nos da el sacerdote.

¿Qué es el pecado?

Hay un vínculo profundo del hombre con Dios. Fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios.

El pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente. El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. Todo pecado es, en el fondo, desobediencia a Dios y falta de confianza en su bondad.

¿Cada cuánto debemos confesarnos?

Debemos confesarnos cada vez que cometemos pecado grave, para recuperar la Gracia de Dios. Además, el precepto dice: Una vez al año (durante la Cuaresma) para celebrar la Pascua del Señor. Y, aunque no mande el precepto, conviene confesarnos: durante el Adviento, para celebrar la Navidad; en la novena de nuestra fiesta patronal; cuando vamos a Itatí o cuando participamos de la fiesta de algún Santuario. Y, por último, cuando haya peligro de muerte.

Nos ponemos en la presencia de Dios

En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Pedimos luces al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo, ilumina mi inteligencia y corazón para que, confiando en la misericordia del Corazón de Cristo, pueda reconocer humildemente mis pecados, y, sinceramente arrepentido, me acerque al sacramento de la reconciliación. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Meditemos la Palabra de Dios (Lucas 15, 1-7)

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". Jesús les dijo entonces esta parábola:Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido". Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

¿Qué enseña Jesús con la parábola de la oveja perdida?

Que nosotros, con frecuencia, somos la oveja perdida de la parábola, cuando no vivimos los mandamientos de Dios, cuando no hacemos la voluntad del Padre Celestial, cuando no seguimos los pasos de Cristo, el Buen Pastor de las ovejas.

También nos enseña que Dios siempre nos busca, nos da la posibilidad del arrepentimiento, que nos cura y nos sana con su misericordia.

Nuestro corazón se llena de alegría cuando Jesús dice: en el cielo lo que esperan es la conversión de los humanos.

Nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios

Revisamos la vida ante la mirada de Dios, quien no mira como mira el hombre; el hombre ve las apariencias, Dios ve el corazón (1 Samuel 16, 7).

Nos llena de confianza el saber que lo que el Señor desea es nuestra conversión: ¿Acaso deseo yo la muerte del pecador -oráculo del Señor- y no que se convierta de su mala conducta y viva? (Ezequiel 18, 23).

Y sobre todo, la frase de Jesús: No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Marcos 2, 17).

Para el examen de conciencia

ORACIÓN. Rezar es hablar con Dios, dialogar con Él. Dios habla en el silencio del corazón y de la mente. No por mucho hablar serán escuchados, dice Jesús. Cuando rezamos: adoramos a Dios, lo alabamos por su creación y salvación; le damos gracias por todo lo que hace en nosotros, por sus dones espirituales y materiales; y presentamos las necesidades de todo el mundo suplicando que el Señor demuestre su providencia.

Rezar, orar, es un deber para con Dios, Creador y Salvador. ¿Rezo todos los días? ¿Cuánto tiempo le dedico a la oración? ¿Escucho a Dios que me habla o convierto la oración en un monólogo?

BIBLIA. Dios habla siempre y de muchos modos, pero sobre todo a través de la Biblia, libro que contiene sus Palabras. Por ella Dios nos corrige, nos anima, nos exhorta, alimenta nuestra fe, nuestra esperanza y caridad. Sin este alimento la fe se vacía y termina en algo meramente sentimental y estéril. ¿Leo la Biblia todos los días? ¿Me preparo con el silencio, invocando al Espíritu Santo? ¿Hago esfuerzos, con la ayuda de la gracia, de llevar a la práctica las enseñanzas?

MISA. Cristo, por medio del misterio pascual, vence el pecado y la muerte. La Misa renueva este sacrificio. Como Iglesia, es decir, como Familia de Dios, nos reunimos en cada Misa para celebrar el amor misericordioso de Dios. ¿Participo de la Misa de fin de semana (Misa de precepto)? ¿Preparo mi participación con la oración, con la Palabra de Dios, y organizando mis ocupaciones? ¿No será que algunas veces considero a la Misa como una cosa más, como algo que puedo descartar fácilmente?

COMUNIDAD. Por el bautismo somos discípulos y misioneros de Jesús, miembros de la comunidad eclesial, Familia de Dios. Para fortalecer nuestra identidad cristiana, y para vivir nuestra vocación, es necesario involucrarnos y participar de la vida comunitaria. ¿Participo de mi comunidad, me involucro, estoy disponible para la evangelización compartiendo tiempo, dinero, talentos y dones personales?

EN GENERAL. ¿Amo a Dios y al prójimo? ¿Trato de superar el egoísmo, el orgullo, la comodidad, la pereza, la indiferencia y la mediocridad? ¿Confío en la Gracia de Dios y en el poder del Espíritu Santo? En mi trato con los demás ¿practico el diálogo y busco el entendimiento? ¿Vivo con fidelidad y responsabilidad mis compromisos? ¿Hago el bien, o soy de aquellos que se conforman con decir "yo no hago mal a nadie"? ¿Participo de la vida familiar, barrial y social? ¿Amo la verdad, quitando las mentiras de mis palabras y acciones? ¿Sirvo, comparto, ayudo? ¿Soy un buen samaritano o alguien que pasa de largo ante los enfermos, abuelos, pobres, y necesitados en general? ¿Rezo por los demás?

Recomendaciones para el momento de la Confesión

Si nos preparamos, una buena Confesión dura unos dos o tres minutos.  Tengamos en cuenta eso, sobre todo cuando hay muchos esperando confesarse. Saludamos al sacerdote y "vamos al grano": Padre, estos son mis pecados. Le decimos claramente cuáles son, sin rodeos y explicaciones.

Si nos da penitencia, ¡para no olvidar! la cumplimos cuánto antes.

Acción de gracias por la Confesión

Señor Jesús, te doy gracias por tu amor y misericordia, y por la absolución de mis pecados. Te pido, Señor, que la Gracia recibida afiance mi vida de discípulo a fin de que, con la bendición de tu Madre, la Virgen María, sea misionero de tu Buena Noticia en la comunidad de la que formo parte. Amén.