(4-mar-2019) Homilía del arzobispo en la misa de inicio del año pastoral celebrada en la basílica de Itatí.


Homilía en la Misa de inicio del Año pastoral en la Arquidiócesis 

Itatí, 3 de marzo de 2019 

[Las frases no fueron resaltadas por el arzbispo; lo hemos hecho con la sola intención de ayudar su lectura.]

Empezar el año pastoral en la casa de nuestra Madre de Itatí nos hace sentir que somos familia. Al mirarla juntos, ella nos invita con su ternura de Madre y su firmeza de Maestra a dirigir nuestra mirada a su Hijo Jesús. Vivir más intensa e íntimamente ese encuentro con Jesús y ayudarnos a compartir esa experiencia en la misión, es lo que venimos a pedirle a la Virgen como gracia para empezar este año pastoral.

bautizados y enviadosEl papa Francisco ha convocado a toda la Iglesia a un Mes Misionero Extraordinario, en octubre de este año, con el deseo de dar un nuevo impulso a la transformación misionera de la vida y la pastoral. “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en Misión en el Mundo”, es el lema que inspira y orienta este año misionero. Nosotros hemos tomado las dos primeras palabras de ese lema: bautizados y enviados, que nos recuerdan a discípulos y misioneros, y las colocamos junto a la Cruz y la Virgen, para iluminar esta jornada y luego el año pastoral misionero, que hoy ponemos en el corazón de nuestra Madre, aquí en su santuario.

Vayamos ahora a la Palabra de Dios para ver qué nos dice al iniciar nuestras tareas pastorales. Recordemos que cuando proclamamos la Palabra, al que escuchamos es a Jesús porque Jesucristo es la Palabra hecha carne. En el Evangelio de hoy Jesús nos ofrece una serie de comparaciones, recomendaciones y advertencias como, por ejemplo, “¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?”; o aquella otra: “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?”; y más adelante: “No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto”; y finalmente: “El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (cf. Lc 6,39-45).

Al escuchar esos dichos de la boca de Jesús, seguramente estaremos de acuerdo con lo que dice, como lo estaríamos si esas cosas las dijera cualquier persona sabia. Pero aquí no venimos a escuchar solo buenos consejos, sino a encontrarnos con la persona viva de Jesús. Entonces no podemos quedarnos solo en analizar lo que dijo, sino más bien estar atentos a quién lo dijo. ¿Creemos en lo que él dice, como si fuera una especie de sabio que nos comunica su ciencia? ¿O realmente creemos en él? Creer en Jesús es adherirse a su persona. Por eso, la fe no solo mira a Jesús, no solo escucha su palabra, sino que se adhiere de tal manera a su persona, que lo único que anhela es mirar como mira él, escuchar como escucha él, actuar inspirado por él. De este profundo encuentro con él, la actividad pastoral va tomando cada vez más el estilo de Jesús, su modo propio de vincularse con Dios, con los otros y especialmente con aquellos que los demás desprecian.

Vayamos ahora a la primera lectura sacada de la sabiduría del Antiguo Testamento. Recuerdan que escuchamos decir: “El árbol bien cultivado se manifiesta en sus frutos: así la palabra expresa la índole de cada uno. No elogies a nadie antes de oírlo razonar, porque allí es donde se prueban los hombres” (cf. Ecl 27,4-7). También aquí podemos quedarnos en escuchar unas sabias recomendaciones, algo así como unos tips o fórmulas para vivir bien. Pero Jesús es infinitamente más que un maestro sabio que nos habla de una mejor calidad de vida. Jesucristo nos ofrece algo absolutamente inédito, alucinante y totalmente original. San Pablo lo describe como puede en la primera Carta a los Corintios: “Les voy a revelar un misterio: No todos vamos a morir, pero todos seremos transformados. Cuando lo que es corruptible se revista de la incorruptibilidad y lo que es mortal se revista de la inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?” (cf. 1Cor 15,54-58). Esa transformación de la que nos habla san Pablo no es algo que va a suceder en el futuro, sino que es una realidad que ya está sucediendo. Jesucristo murió y resucitó y nosotros con él estamos muriendo y resucitando hoy, como también lo afirma al apóstol cuando nos asegura que eso se realiza por la victoria que nos ha dado nuestro Señor Jesucristo.

Pero, ¿de qué transformación se trata? ¿Esa transformación sería algo así como mejorar siguiendo algunos buenos consejos? Tampoco parece ser suficiente con cumplir bien los diez mandamientos, porque al hombre que se le acercó a Jesús para preguntarle qué más podría hacer para alcanzar la vida eterna, después que le aseguró que los mandamientos los observaba bien, Jesús lo dejó desconcertado: le dijo que venda todo y lo reparta entre los pobres así tendría un tesoro en el cielo. Ese hombre bueno que cumplía bien los diez mandamientos se fue entristecido (cf. Mc 10,17-21). Entonces, de acuerdo con Jesús, la verdadera transformación empieza ahí donde ese hombre se fue triste porque poseía muchos bienes y estaba apegado a ellos.

Al iniciar el año pastoral, preguntémonos todos, pero principalmente los que tenemos responsabilidades pastorales, cuáles son las cosas que nos dominan y tienen sometidos. Un test fácil para descubrirlas, es observar qué sentimientos y reacciones produce en mí el servicio pastoral que me confiaron; cómo trato a los otros y cómo hablo de ellos ante los demás; cuál es mi actitud ante las personas que otros tratan mal y desprecian; acepto con humildad y de buen grado que otro ocupe mi lugar de servicio; me preocupo de escuchar a los jóvenes y aceptar que vayan asumiendo servicios en la comunidad; cuáles son las cosas materiales, o los servicios y funciones, o los sentimientos desordenados como son el rencor, la envidia, la soberbia, que nos tienen hundidos en la tristeza. Todo esto nos paraliza y nos quita la libertad y el fervor para la misión.

De acuerdo con Jesús, la transformación verdadera empieza ahí donde el hombre que fue a ver a Jesús se fue entristecido porque poseía muchos bienes, es decir, estaba apegado a cosas, que nosotros podríamos seguir enumerando y que nos tienen atados a nosotros mismos, lo cual nos impide despegar hacia la increíble transformación a la que nos invita Jesús. Esa es la gracia que venimos a suplicarle a la Virgen: que nos lleve de la mano al encuentro con su Hijo y renueve en todos nosotros la audacia y el fervor misionero. Esa alegría de evangelizar que nace y se nutre permanentemente del encuentro con la Palabra y la Eucaristía; esa valentía misionera que se despega de sí y de sus cosas, y se dispone a escuchar, acompañar y crear nuevos lazos anunciando a Jesús.

Queremos responder a la convocatoria del Mes Misionero Extraordinario como “bautizados y enviados”, y como tales dar un nuevo impulso misionero a nuestra vida y a nuestras tareas pastorales. Los invito a que en los lugares habituales donde nos desempeñamos diariamente, nos preguntemos cuáles son los signos concretos que confirman mi compromiso misionero; qué es lo que me impide a vivir con mayor entusiasmo la misión en mi vida cotidiana; qué debería hacer para fortalecer mi compromiso como discípulo y misionero. Estas y otras preguntas similares nos van a ir orientando durante el año para reavivar el espíritu y la realidad misionera en nuestras comunidades. Para facilitar la oración, la reflexión y la toma de decisiones sobre el reavivamiento misionero personal y comunitario, les haremos llegar oportunamente un subsidio a modo de folleto.

Todo esto, junto con las comunidades parroquiales, instituciones, movimientos y grupos, lo encomendamos a nuestra querida Madre de Itatí y nos colocamos confiados en el hueco de sus benditas manos. Allí ponemos a todo nuestro pueblo, especialmente a los más pobres y los que carecen de lo básico para vivir dignamente su vida: comida, acogida y respeto; a los que tienen responsabilidades públicas de promover el bienestar para todos; a los que están implicados en las campañas del año electoral para que no caigan en descalificaciones, agravios y confrontaciones inútiles, que sean ejemplo de diálogo, de tolerancia, de valoración y respeto por el adversario; que nos comprometamos a cuidar la vida de todos, especialmente de los más frágiles como son los niños por nacer, la mujer con un embarazo en riesgo o en situaciones de padecer violencia; los niños, jóvenes y ancianos en condiciones vulnerables. Que Ella, Tiernísima Madre de Dios y de los hombres, nos cuide a todos y nos enseñe a hacernos cargo unos de otros.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap

Arzobispo de Corrientes