Setiembre es el mes de la Biblia. Mejor dicho, un mes para valorar la Biblia como Palabra de Dios, y para pensar sobre el uso que le damos a nuestra Biblia.

Una anécdota

En un colegio una profesora pregunta:

¿Quiénes de aquí son cristianos católicos?

Más de la mitad del curso levanta la mano. Luego hace otra pregunta:

¿Qué Biblia tenés vos?, −fue preguntando.

Yo no tengo Biblia, responde uno.

Yo tengo, pero no leo, −responde otro.

Sé que en mi casa hay una, pero nadie lee, −agregó otro.

En definitiva, ninguno de los católicos allí presentes leía su Biblia.

Y la profesora concluye:

Ustedes saben que yo soy pentecostal. Nosotros nos reunimos en asamblea una vez a la semana para leer la Biblia, reflexionar la Palabra de Dios, y para rezar con su ayuda. Además, cada uno de nosotros lee todos los días algunos versículos. Chicos, ¿cómo pueden ser cristianos sin la Biblia? ¡Yo les invito a que lean todos los días algo de su Biblia, y verán cómo encuentran la luz para sus vidas!

La Biblia es la Palabra de Dios

Sabemos que Dios nos habla a través de la Biblia, y por eso la valoramos, la apreciamos, y en definitiva la leemos.

La fe se alimenta con la oración y con la Palabra de Dios. Si rezamos pero no meditamos con la Biblia la fe pierde consistencia; y hasta la misma oración se vuelve superficial. Oración y Biblia son como las dos caras de una moneda: no se la pueden separar.

La vida cristiana se vacía sin la Biblia. Leer frecuentemente la Palabra de Dios ¡esa es la consigna! ¡Y mejor si se lee todos los días algo! Porque de ese modo la Biblia se convertirá en el alimento diario de nuestra fe y seguimiento de Jesús.

Mi compromiso con Jesús

Jesús es mi Buen Pastor. Es el Pastor que nos guía. Pero Jesús, como Pastor, nos puede guiar si tomamos nuestra Biblia con actitud de fe y escucha, y nos dejamos enseñar por Él.

La Biblia no hace mal. El mal está en abandonar su lectura, o leer muy de vez en cuando. Tomar mi Biblia, leer, reflexionarla ¡¡es un modo de decirle a Jesús “Te amo, y quiero seguirte”.

La sinceridad de nuestro cristianismo se demuestra en el compromiso renovado de leer cotidianamente el libro por el que Dios nos habla: la Biblia.