Resumen de lo que la Congregación de la Fe recuerda sobre la sepultura de los difuntos y lo que tiene que ver con la cremación.

La Congregación para la Doctrina de la Fe hizo público, el martes 25 de octubre de este año de 2016, la Instrucción Ad resurgendum cum Christo acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación; con el fin:

1) de reafirmar las razones doctrinales y pastorales para la preferencia de la sepultura de los cuerpos

2) y de emanar normas relativas a la conservación de las cenizas en el caso de la cremación.

 Para eso refresca el contenido de una anterior Instrucción, la Piam et constantem, del 5 de julio de 1963, del entonces Santo Oficio, que establecía:

 1) que “la Iglesia aconseja vivamente la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos”,

 2) que la cremación no es “contraria a ninguna verdad natural o sobrenatural”

3) y que no se les negarán los sacramentos y los funerales a los que habían solicitado ser cremados, siempre que esta opción no obedezca a la “negación de los dogmas cristianos o por odio contra la religión católica y la Iglesia”.

Esas disposiciones quedaron incorporadas:

- en el Código de Derecho Canónico (1983).

- en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992)

- en el Directorio de Piedad Popular (2001)

La doctrina de fondo

Se nos recuerda que “Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma”.

Los fieles difuntos son parte de la Iglesia, que cree en la comunión “de los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste, y que todos se unen en una sola Iglesia” (Catecismo).

Desde el principio, los cristianos han deseado que sus difuntos fueran objeto de oraciones y recuerdo de parte de la comunidad cristiana. Sus tumbas se convirtieron en lugares de oración, recuerdo y reflexión.

En cuanto a la inhumación o sepultura de los cuerpos

Siguiendo la antiquísima tradición cristiana, la Iglesia recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios u otros lugares sagrados; es la forma más adecuada para expresar la fe y la esperanza en la resurrección corporal. (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2300). Enterrando los cuerpos de los fieles difuntos, la Iglesia confirma su fe en la resurrección de la carne, y pone de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia (San Agustín).

La Iglesia no puede permitir, por lo tanto, actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada:

- como anulación definitiva de la persona,

- o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo,

- o como una etapa en el proceso de re-encarnación,

- o como la liberación definitiva de la “prisión” del cuerpo.

Además:

- la sepultura en los cementerios u otros lugares sagrados responde adecuadamente a la compasión y el respeto debido a los cuerpos de los fieles difuntos.

- La sepultura de los cuerpos de los fieles difuntos en los cementerios u otros lugares sagrados favorece el recuerdo y la oración por los difuntos por parte de los familiares y de toda la comunidad cristiana, y la veneración de los mártires y santos.

- Mediante la sepultura de los cuerpos en los cementerios, en las iglesias o en las áreas a ellos dedicadas, la tradición cristiana ha custodiado la comunión entre los vivos y los muertos, y se ha opuesto a la tendencia a ocultar o privatizar el evento de la muerte y el significado que tiene para los cristianos.

En cuanto a la cremación de los cuerpos

 1) Cuando razones de tipo higiénicas, económicas o sociales lleven a optar por la cremación, ésta no debe ser contraria a la voluntad expresa o razonablemente presunta del fiel difunto, la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo y por lo tanto no contiene la negación objetiva de la doctrina cristiana sobre la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo (Instrucción Piam et constantem).

2) La Iglesia acompaña con sus disposiciones la cremación “para evitar cualquier tipo de escándalo o indiferencia religiosa”.

3) Las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente; lo que puede ayudar a reducir el riesgo de sustraer a los difuntos de la oración y el recuerdo de los familiares y de la comunidad cristiana. Así, además, se evita la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos, que pueden sobrevenir sobre todo una vez pasada la primera generación, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas.

4) No está permitida la conservación de las cenizas en el hogar. Sólo en casos de graves y excepcionales circunstancias, dependiendo de las condiciones culturales de carácter local, el Ordinario, de acuerdo con la Conferencia Episcopal, puede conceder el permiso para conservar las cenizas en el hogar.

5) Las cenizas no pueden ser divididas entre los diferentes núcleos familiares y se les debe asegurar respeto y condiciones adecuadas de conservación.

6) Para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no sea permitida:

- la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma,

- o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos, teniendo en cuenta que para estas formas de proceder no se pueden invocar razones higiénicas, sociales o económicas que pueden motivar la opción de la cremación.

7) En el caso de que el difunto hubiera dispuesto la cremación y la dispersión de sus cenizas en la naturaleza por razones contrarias a la fe cristiana, se le han de negar las exequias, de acuerdo con la norma del derecho (Derecho).