En ausencia del arzobispo Stanovnik, por encontrarse en la Asamblea General de Obispos, predicó el padre Armando Raffo, de Jesús Nazareno.

Saludo a las autoridades y al pueblo en general

Cada vez que nos reunimos a celebrar la fiesta de la Cruz de los Milagros recordamos, con estremecimiento y profundo agradecimiento, que el amor de Dios está íntimamente enlazado al nacimiento, al desarrollo y a la cultura del pueblo correntino. En efecto, la Cruz de los Milagros y todo lo que ella significa, estuvo en los mismísimos orígenes del pueblo correntino, le acompañó por más de cuatro siglos y sigue presente como símbolo de la Provincia y en los corazones de todos los correntinos. Es una cruz sencilla y austera; no tiene pinturas ni adornos especiales, nada que entretenga o distraiga de lo fundamental. Podríamos decir que es la cruz a secas y que, por eso mismo, nos obliga a ir a lo esencial, a la cruz como el signo más potente y claro del amor de Dios por la humanidad. Al mirar la cruz de los Milagros recordamos en, el sentido más profundo de la palabra recordar, que quiere decir: volver a pasar por el corazón, que Cristo murió en ella por puro amor a todos y a cada uno de nosotros.

Como sabemos, Monseñor Andrés Stanovnik dispuso que la novena y la celebración de la fiesta de la Cruz de los Milagros nos ayudaran a rezar y reflexionar sobre la exhortación postsinodal  del Papa Francisco “Amoris laetitia”, la alegría del amor, en la que recoge las reflexiones de los Sínodos sobre la familia y las suyas propias con el fin de “orientar la reflexión, el diálogo o la praxis pastoral y, a la vez, ofrezcan aliento, estímulo y ayuda a las familias en su entrega y en sus dificultades”. (Al n. 4) El Papa nos invita, entonces, a ir a fondo en la reflexión con el deseo de ayudar a que todas las familias descubran profunda y vivencialmente la alegría de ese amor que da sentido a la vida y nos fortalece para enfrentar las dificultades que nunca faltan. En el capítulo IV, que está dedicado al amor en el matrimonio, el Papa reflexiona sobre el himno a la caridad que San Pablo nos dejó en la primera carta a los Corintios que acabamos de proclamar.

Más de uno podrá preguntarse: ¿qué tiene que ver la Cruz de los Milagros con el amor en la familia o con el amor en el matrimonio? La respuesta es simple: tiene muchísimo que ver porque la cruz es el símbolo más claro y potente del amor que Dios nos tiene a todos y cada uno de nosotros. La cruz nos ayuda a entender en qué consiste el amor verdadero.

Por otra parte, sabemos que la familia es el espacio más apropiado para aprender a amar. No en vano, para referirnos a nuestra casa, a nuestro lugar, usamos la palabra “hogar”, que viene de hoguera, del fueguito que mantiene las casas calentitas. Nuestras casas son hogares porque allí sentimos el calor del amor.

La familia es la base de la sociedad; es como aquel núcleo que sumado a otros muchos sostiene y conforma ese tejido que llamamos sociedad. En efecto, en el seno de las familias se tejen los corazones y los valores que habrán de informar a toda la sociedad. Si la familia no es escuela de amor, la sociedad será un campo minado, será la guerra de todos contra todos y no el espacio para colaborar en la construcción del bien común.

Es por este motivo que nuestro obispo ha hecho hincapié en que la novena y la celebración de este año las dedicáramos a profundizar en el capítulo IV de Amoris Laetitia; el capítulo en el que el Papa reflexiona sobre el himno al Amor de San Pablo. Allí el apóstol llega a decir que: “si no tengo amor, no soy nada” y también que “el amor no pasará jamás”. La importancia del amor es evidente e incuestionable. De allí, la urgencia de descubrir la alegría del amor en el seno de las familias y en tal manera que alcance a toda la sociedad.

Importa, entonces, que hagamos una consideración profunda y en la fe sobre la importancia y las características esenciales del amor que ha de vivirse en las familias. Si nos dejamos interpelar por la Cruz de los Milagros, tendremos el mejor de los estímulos para atrevernos a vivir en nuestras familias el amor que proporciona la verdadera alegría.

Si ponemos atención al himno a la caridad de San Pablo, veremos que no nos dice qué es el amor, pero nos habla con toda claridad de su importancia y de sus efectos en las personas. En ese mismo sentido, San Juan llegó a decir en su primera carta que “Dios es amor”  y que “el que no ama no ha conocido a Dios.” 1Jn. 4, 7.

A lo largo de la novena y de la mano del himno de San Pablo hemos reflexionado sobre lo que podríamos llamar los “efectos” del amor y sobre lo que el amor puede hacer en nosotros. Por eso San Pablo nos dice con toda claridad que el amor es paciente, que no es arrogante, que no es rudo ni interesado, que no se irrita, que perdona, que se alegra con el bien del otro, que lo disculpa todo.

Si miramos hacia cruz con ojos de fe descubriremos la profundidad del amor de Dios por nosotros y algunos rasgos esenciales de ese amor. Hemos escuchado en el evangelio de Juan el mandamiento de Cristo a los suyos: “…ámense unos a otros. Así como yo los he amado.”(Jn.13, 34) El mandamiento es claro, hemos de amarnos los unos a los otros como Él nos amó y no de otra manera. Miremos, pues, a la Cruz con el deseo sincero de aprender a amarnos como Jesús nos amó.

El primer aprendizaje que deberíamos incorporar en lo más hondo de nuestro ser es que el amor es entrega, que el amor es olvidarse de uno mismo por los otros. San Pablo nos lo dice con una impresionante agudeza en la carta a los Filipenses: “El que era de condición divina… se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo…” (Flp. 2,6-7). Se anonadó, se hizo nada para mostrarnos en qué consiste la esencia del amor. En segundo lugar deberíamos recordar que se despojó de su condición divina para asumir nuestra condición, para hacerse nuestro, para que los sintamos con nosotros, a nuestro lado. En tercer lugar, y tratando de ir más a fondo con nuestra mirada, podremos entender que el amor genera vida y destruye la muerte. Es muy hermosa la oración del prefacio de la fiesta de la exaltación de la Cruz que reza así: “Porque has puesto la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que, donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido, por Cristo, Señor nuestro." Cristo con su entrega y muerte en la cruz venció al demonio, que es el padre de la muerte; aquel que había triunfado en un árbol, fue en un árbol vencido. Confesamos que en la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida. Que la muerte ya no tiene la última palabra porque Cristo la destruyó en la cruz. El autor de la vida entró en la muerte para acabar con ella y con el poder que ella tenía sobre nosotros. Cristo nos muestra en la Cruz que el amor vence a la muerte, que el amor genera vida.

Si queremos cuidar la vida y promover la vida en abundancia, hemos de mirar la cruz en dónde Cristo se entregó por nosotros para darnos la vida que no se acaba. Si nos atrevemos a contemplar la Cruz de los Milagros con ojos de fe podremos entender en qué consiste el amor. No sin algún grado de sorpresa entenderemos que el amor que descubrimos en la cruz va a contra corriente de los postulados más importantes y sostenidos de la cultura que a todos nos envuelve.

El primer aspecto que debemos destacar del amor manifiesto en la cruz es, como dijimos, la entrega; la entrega voluntaria y decidida por nosotros. Más aún, debemos saber que el camino del amor consiste precisamente en eso: en salir de uno mismo como verdadero camino de humanización. Se trata de salir de uno mismo para ir hacia el otro, se trata de ofrecer la propia vida para el bien de los otros. En este sentido, el amor que contemplamos en la Cruz se opone radicalmente a lo que hoy en día se promueve en la mayoría de los medios, en la cultura del consumismo y del hedonismo. Sabemos que nuestra sociedad promueve de maneras sutiles o más evidentes, el amor exacerbado a uno mismo, un narcicismo maquillado que se oculta en propagandas de todo tipo, en supuestos cuidados de la salud y en proyectos personales de bienestar material. Cristo nos salva entregándose en la cruz. La entrega supone olvidarse de uno mismo por el bien de otro o de otros. El amor es hacer lo que sea necesario por el bien de los otros y eso supone descentrarse; poner el centro fuera de uno.  Por eso nos dice San Pablo que el amor es servicial y no es envidioso. Las personas llegamos a ser serviciales y altruistas cuando el centro de gravedad está en los otros y no en uno.

Mirando a la cruz queda absolutamente claro que Cristo asumió nuestra condición humana y con todas sus consecuencias. Cristo al morir en la cruz completó lo que había comenzado en la encarnación. Pero lo más importante para lo que estamos considerando es que Cristo llega al punto de la muerte por puro amor a nosotros. El amor verdadero tiende a la comunión, busca fundirse con el otro; va hacia el otro porque es el otro quién despierta lo mejor de uno mismo. El rostro del otro moviliza esa energía positiva que nos lleva a la comunión.

Ahora bien, tampoco podemos desconocer que respiramos el aire de una cultura que idolatra el propio sentimiento como el último criterio de decisión. Todo parece depender de lo que me gusta o no me gusta, si me siento bien o si no me siento bien; si siento que tengo que hacer algo o no lo tengo que hacer.  Es como si no existieran valores que honrar ni razones que puedan informar nuestros procederes y decisiones. Pareciera que los otros pierden entidad o dignidad ante los ojos de nuestra cultura. Sin darnos cuenta, los otros dejan de ser otros para convertirse en meros objetos de consumo, en cosas que ofrecen placer o satisfacción a mis necesidades y a mi vanidad. La Cruz de los Milagros debería recordarnos a todos que el amor bien entendido respeta a los otros como otros y busca la comunión. Como dice el himno de San Pablo: el amor no busca el propio interés, no se irrita ni se alegra con la injusticia.

En tercer lugar y como habíamos anunciado, hemos de destacar que en la cruz podemos descubrir el Amor que genera vida y vida en abundancia. El amor no es masoquista, ni se alegra con el sufrimiento, pero es entrega sufrida por el bien de los demás y es el dinamismo más poderoso que existe para luchar por la vida. El amor vigoroso y decidido disuelve la desesperanza y el miedo a la muerte. Como dice San Pablo en la misma carta a los Corintios: “El último enemigo que será vencido es la muerte.” (1Cor. 15,26). Cristo vence a la muerte por la fuerza del amor. Donde llega el amor como entrega y como comunión llega la vida; sin amor no existe algo que pueda llamarse verdaderamente humano. Por eso es que la vitalidad del amor no tiene en cuenta el mal recibido y es capaz de disculparlo todo como dice San Pablo. El amor que llega hasta la muerte, lo espera todo y lo soporta todo. El amor respeta, cuida y lucha por la vida siempre y en todas las circunstancias. Nunca negocia con la muerte: la vence.

En la fiesta de la Cruz de los Milagros debemos elevar nuestra mirada al madero para aprender a amar y preguntarnos con toda honestidad cómo estamos viviendo el amor en nuestras familias. ¿Qué estamos comunicando a nuestros niños y qué aire se respira en nuestros hogares?

Como Cristo venció a la muerte con su propia muerte, sabemos que el amor no pasará jamás, que la alegría del amor llega y que constituye el mayor estímulo para luchar con decisión y esperanza por una vida en dónde reine el amor para todos. En efecto, sabemos que ninguna muerte podrá apagar el fuego que el Amor de Dios ha encendido en nuestros corazones. ¡Que ese amor sea el aire que se respire en nuestras familias! , y ¡que ese amor nos brinde la energía para construir una sociedad más fraterna y más justa! ¡Pidamos a Nuestra Señora de Itatí, la tiernísima madre de Dios y de los hombres, que nos enseñe a estar al pie de la Cruz para para que aprendamos a amar como Cristo nos amó! ¡Que así sea!

P. Armando Raffo sj